¿Cómo elegí la carrera de Medicina Humana?
Uno de los recuerdos más claros de mi infancia está relacionado con mi abuelita. Ella era enfermera y trabajaba en una casa de reposo para adultos mayores. Yo tenía apenas nueve años cuando comencé a acompañarla casi a diario, ya que mis padres pasaban muchas horas trabajando y me llevaba con ella. Ese lugar, que para muchos niños de mi edad quizá hubiera sido aburrido, para mí se convirtió en una especie de escuela de vida.
Allí observaba cómo los pacientes, a pesar de su fragilidad y enfermedades, encontraban consuelo en la dedicación de los trabajadores de salud. Pero lo que más me impactaba era la manera en que mi abuelita ejercía su profesión: con ternura, paciencia y una enorme entrega. Ella no solo aplicaba medicamentos o realizaba procedimientos, sino que escuchaba, acompañaba y transmitía seguridad.
En aquel entonces comprendí, aunque de manera intuitiva, que la esencia del cuidado no radica únicamente en curar una enfermedad, sino en brindar humanidad. Recuerdo haber observado muchas veces cómo ella tomaba la mano de un adulto mayor y le hablaba con dulzura, incluso cuando tal vez ese paciente no podía responder con palabras. Aquellos gestos, aparentemente pequeños, tenían un impacto enorme. Yo, desde mi inocencia infantil, absorbía esas lecciones sin saberlo: el valor de la empatía, la importancia de la dignidad y la necesidad de tratar a cada persona como un ser único.
Esa experiencia fue tan significativa que empezó a moldear mi manera de ver el mundo. Mientras otros niños pedían muñecas, carritos o pelotas, yo insistía a mis padres en que me compraran juguetes de doctora. Con mis muñecos organizaba consultas improvisadas, los auscultaba con estetoscopios de plástico, les recetaba medicinas imaginarias y hasta les colocaba vendas de papel. No era un simple juego: era una representación simbólica de mi sueño. Desde esa edad, de manera casi natural, mi vida giraba alrededor de la idea de convertirme en médica.
Conforme fui creciendo, esa chispa inicial no se apagó, sino que se convirtió en una llama más fuerte. Cuando ingresé a la secundaria, mi vocación se reafirmó con claridad. Cada clase de ciencias naturales, biología o anatomía básica despertaba en mí una emoción distinta a la de mis compañeros. Mientras algunos las veían como materias pesadas y tediosas, para mí eran ventanas hacia lo que quería alcanzar. Me emocionaba aprender cómo funcionaba una célula, cómo los sistemas del cuerpo humano trabajaban en conjunto, cómo los órganos se interrelacionaban para mantenernos con vida. Todo ese conocimiento no era simplemente teoría: era la base de lo que un día aplicaría en la práctica para ayudar a otros.
Una de las anécdotas más importantes ocurrió en esa etapa. Un profesor nos pidió a cada estudiante que dijera qué carrera deseaba seguir en el futuro. Recuerdo claramente la expectativa en el ambiente. Mis compañeros mencionaron distintas profesiones: ingenierías, arquitectura, derecho, educación. Cuando llegó mi turno, respondí con firmeza: “Medicina Humana”. El profesor me miró con una mezcla de admiración y advertencia. Me dijo: “Es una carrera muy buena, pero exige muchos años de estudio y sacrificio”. Sin pensarlo dos veces, contesté: “No importa, estoy dispuesta, porque es mi sueño desde niña”. Ese momento quedó grabado en mi memoria. No fue solo una declaración ante mis compañeros, sino un compromiso silencioso conmigo misma. Sentí orgullo, emoción y una fuerza interior que me decía: “Este es tu camino”. Desde entonces, cada vez que alguien me preguntaba qué quería estudiar, yo respondía sin dudar: Medicina.
Con el paso del tiempo comprendí que elegir esta carrera no se trataba solo de admiración o gusto. Ser médico no consiste únicamente en llevar una bata blanca o colgarse un estetoscopio en el cuello. Ser médico es mucho más: es tener una vocación profunda de servicio, estar dispuesto a entregar parte de la propia vida para cuidar la de los demás. La Medicina no es un simple empleo, es un estilo de vida, una entrega constante que exige perseverancia, disciplina y, sobre todo, humanidad.
Sin embargo, este camino no estuvo libre de dudas y miedos. Hubo ocasiones en las que me pregunté si sería capaz de soportar las largas horas de estudio, la presión de los exámenes, la competencia para ingresar a la universidad. También me cuestioné si tendría la fuerza emocional suficiente para enfrentar la enfermedad, el dolor o la muerte. Estas preguntas no eran fáciles de responder. Pero cada vez que la inseguridad me invadía, recordaba a la niña de nueve años que observaba a su abuelita con admiración. Recordaba sus juegos de doctora, su inocente promesa de nunca rendirse, y esa memoria me devolvía la confianza de que estaba en el camino correcto.
Además, siempre me motivó la convicción de que la Medicina trasciende lo académico. Es una contribución directa a la sociedad. Es una de las pocas profesiones donde el conocimiento se convierte en vida, en esperanza, en alivio. Ser médico significa impactar en la vida de las personas, no solo a nivel físico, sino también emocional. El médico no solo cura heridas, también acompaña, escucha, da aliento.
Un ejemplo claro lo viví durante la pandemia de COVID-19. Ver cómo los médicos se convirtieron en héroes cotidianos, arriesgando su salud y su vida por salvar a otros, me reafirmó que había elegido bien. Ellos demostraron que la Medicina es un acto de amor y valentía. En medio de un mundo lleno de incertidumbre, fueron los médicos quienes sostuvieron la esperanza. Yo, como estudiante, me sentí aún más comprometida con mi decisión.
Sé que el camino no será sencillo. Los años de carrera implican madrugadas de estudio, sacrificios personales, guardias interminables y momentos de agotamiento. Habrá ocasiones de cansancio físico y emocional, momentos en que la frustración parezca mayor que la recompensa. Pero también estoy convencida de que cada esfuerzo tendrá un sentido. La idea de algún día estar en un hospital, ayudando a un niño a recuperar la salud, brindando consuelo a una familia desesperada o acompañando a un adulto mayor en sus últimos días con dignidad, me da fuerzas para seguir adelante.
Elegí Medicina Humana porque creo firmemente que no existe mayor privilegio que cuidar la vida de otro ser humano. No lo veo como una decisión improvisada, sino como el resultado de un proceso largo de experiencias, recuerdos, valores y sueños que fueron construyendo mi vocación desde la infancia.
Cuando pienso en el futuro, me ilusiona imaginarme en una especialidad que me permita seguir ese legado de humanidad. Tal vez la geriatría, como un homenaje a mi abuelita y a los ancianos que conocí en aquella casa de reposo. Todavía no lo sé con certeza, pero sí tengo claro que cualquiera sea la especialidad elegida, estará guiada por la misma motivación: servir a los demás.
Si cierro los ojos y me conecto con mi niña interior, la veo sonriendo, orgullosa del camino recorrido. Esa niña, con su maletín de juguetes médicos, no sabía todo lo que implicaba ser doctora, pero sí sabía que quería ayudar. Y ahora, después de tantos años, siento que cumplir este sueño es también una forma de honrarla, de decirle que sus ilusiones no fueron en vano.
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